domingo, 20 de febrero de 2011

El paraguas roto



Veía pasar siempre a la misma conocida desconocida. Cada mañana de cada día y cada tarde: cuando salía el sol, ella se iba al trabajo, y cuando el sol caía ella regresaba, siempre conocida y desconocida.

Los desconocidos no hablan, no pelean. No patalean. No confrontan. No viven nuestra vida, pero resulta perfecto amar así.

Mi puesto de flores estaba justo frente a su edificio. A la mañana, entendía su estado de ánimo por la ropa que ella había elegido. Colores opacos: apagada. Colores vivos: radiante. Por la tarde, a veces llevaba el pelo atado con fuerza y con una hebilla; otras veces lo llevaba recogido con suavidad, y otras incluso volvía con el pelo mojado. Yo evitaba preguntarme con quién habría estado ella. Si es que había estado con alguien, en cualquier cosa se mostraba sola. No me permitía pensar en qué la ponía nerviosa, en qué la hacía más libre. A veces la veía feliz, a veces infeliz. Más allá de los colores de la ropa que eligiera, como si a veces se engañara a sí misma. Ojos azules como peces, la piel blanca. En verdad, lo extraño es haberla visto pasar y pasar, y sin embargo por más que me esfuerzo no recuerdo los detalles. En las fechas patrias y religiosas ella me miraba y sonreía, me saludaba con una sonrisa amable. El veinticinco de Mayo me decía “feliz veinticinco” y yo pensaba en aquellos abriles que no volverán, los suyos, los míos, en la vida que pasa, en el paso del tiempo. El nueve de Julio me decía “feliz día de la Independencia”, pero yo odiaba la independencia, hubiese querido ser preso de ella, de sus brazos, de su cuerpo. De su amor. Más que nada de su amor. Por un segundo miraba hacia arriba para ver su apartamento, pero pronto volvía la vista, como si buscara ver torcida la realidad. A fin de año, ella me decía “feliz año nuevo”, se soltaba el pelo un poco más y otra vez sonreía. Esas noches me quedaba a esperar que volviera ebria y cantando. Me gustaba verla así, pero no me dejaba ver para no avergonzarla. Solo hubiese querido contemplarla por siempre. Cada vez yo me decía que me animaría a hablarle, pero cada vez no me atrevía a nada. No me lo reprochaba, porque era algo lógico en la lógica de nuestra relación. Pensaba que aquello duraría por siempre y que siempre conservaría la oportunidad de expresarle mi amor, de hacerla más mía de lo que ya lo era. Aunque, como estaban las cosas, tal vez ya la tenía de un modo perfecto. Cuando llovía, la veía pasar con su paraguas que parecía iba romperse cada vez, pero nunca se rompía y yo me decía que cuando al fin se rompiese le regalaría uno. Y una tarde de tormenta, el paraguas se rompió.

La vi venir, empaparse, maldecir; las hojas que llevaba se le cayeron y volaban con el viento. Sentí ese viento dentro de mí. Un viento terrible. Me recuperé y me acerqué a ayudarla; ella maldecía. Ni me miraba, sólo aceptaba las hojas. Estaba empapada, se le caían lágrimas de furia, yo no sabía por qué. La vi pasar de la furia a la tristeza, aunque en la tristeza ya no había lagrimas y entonces supe que no volvería. De todos modos, al otro día compré un paraguas nuevo y me dediqué a buscar las palabras adecuadas, a imaginar el encuentro, la relación, el amor, el tiempo juntos. Tomaríamos unas vacaciones, elegiríamos entregas y renuncias, viviríamos juntos, nos casaríamos y no tendríamos hijos. A la mañana siguiente no la vi pasar…

Se habría ido más temprano con sus cosas, con su vida. Así, sin más, como suelen irse los amantes del amor. Así sin más, pero se llevan con ellos nuestra vida. La dueña de su departamento puso un cartel de “se alquila”.

Dolores Lix Klett
Buenos Aires, 2010.